Durante años, la comunidad técnica soñó con romper el cerco de los monopolios de procesadores. ARM, Intel y AMD dictaban las reglas del juego, y cualquier intento de diversidad quedaba reducido a nichos académicos o experimentales. En ese contexto, RISC-V apareció como la promesa de una arquitectura abierta, libre de licencias abusivas y con el potencial de devolvernos la soberanía tecnológica.
Sin embargo, mientras RISC-V ganaba tracción en universidades, startups y proyectos comunitarios, el mundo se volcó hacia otra narrativa: la inteligencia artificial. El boom de la IA no solo capturó la atención mediática, sino que reforzó aún más los monopolios, esta vez en forma de GPUs y aceleradores cerrados. NVIDIA, Google y otros gigantes se convirtieron en los nuevos guardianes del hardware, dejando a RISC-V en segundo plano.
La paradoja es clara: cuando por fin teníamos una arquitectura abierta para democratizar el hardware, la industria decidió que la prioridad era entrenar modelos cada vez más grandes, en plataformas cada vez más cerradas. El discurso de libertad quedó eclipsado por el de eficiencia y poder de cómputo.
¿Y ahora qué?
La visión crítica es que RISC-V sigue siendo la única vía real para recuperar diversidad y soberanía. Si queremos que la IA no sea otro feudo corporativo, necesitamos aceleradores y procesadores basados en estándares abiertos. RISC-V puede ser la base de esa infraestructura, igual que Linux lo fue para el software.
Claro, algunos dirán que eso es tan utópico como esperar que Linux domine el escritorio… aunque, ojo, ya vimos cómo Valve con SteamOS hizo una jugada maestra y cambió el panorama del gaming. Quizás el futuro nos sorprenda y RISC-V termine siendo el estándar, aunque hoy parezca un chiste.