Las ciudades, o el arte de no escapar

A veces pienso que las ciudades no fueron hechas para vivir, sino para rendirse.
Rendirse lento, sin ruido. Como quien no se da cuenta de que lleva años caminando en círculos.

Porque uno no llega a la ciudad: cae en ella. Y después, poco a poco, aprende a no mirar demasiado.
A no hacerse preguntas incómodas.
A seguir el ritmo que otros marcaron antes.

Todo parece estar diseñado para eso: las aceras, los horarios, la forma en que se cruzan las miradas sin tocarse.
Nada se detiene. Nadie espera. Y lo peor es que te acostumbras.

Vivimos entre pantallas que saben más de nosotros que nosotros mismos.
El móvil te sugiere una canción, una ruta, una cita médica, una persona que quizá te guste.
Todo fácil. Todo servido.
¿Y tú? Tú solo aceptas.
Deslizas el dedo, sonríes un poco, y sigues caminando.

Nos dicen que somos libres.
Que elegimos.
Pero la ciudad no necesita decirnos lo que tenemos que hacer. Solo nos da opciones.
Opciones que parecen infinitas, pero que llevan al mismo sitio.

En algún momento dejamos de mirar el cielo.
Ahora miramos el reloj, el semáforo, el siguiente paso.
Ya no se camina, se circula.
Ya no se conversa, se envían audios.
Ya no se vive, se gestiona la vida.

A veces me pregunto: ¿qué pasa si un día decides no seguir el juego?
¿Si no respondes?
¿Si no produces, no consumes, no posteas?

Pasa que desapareces.
No de forma dramática, no.
Simplemente, te borra la ciudad.
Te vuelve un bulto raro entre el gentío. Una anomalía.
Y lo peor es que nadie lo nota.

No hace falta represión cuando el sistema te abraza con tanta suavidad.
Te hace sentir parte.
Y uno agradece eso, incluso cuando ya no sabe quién era antes de pertenecer.

Lo llamamos civilización.
Lo llamamos progreso.
Pero quizás solo sea una versión más cómoda del miedo.
Porque pensar, dudar, detenerse, eso da vértigo.
Y aquí todo está diseñado para que no haya tiempo para el vértigo.

Sin embargo, hay momentos.
Pequeñas grietas en el cemento donde se cuela algo distinto.
Una farola que parpadea, un niño que grita, un anciano que se para a mirar un escaparate como si le hablara.
Y por un segundo, todo se vuelve real.
Como si la ciudad se quitara la máscara y mostrara algo parecido a un alma.

No sé si eso basta.
Pero yo me agarro a esos instantes como quien se agarra a una esquina en medio de un vendaval.

La ciudad nos vigila, sí.
Pero más que vigilarnos, nos moldea.
Nos dice cómo vestir, cómo hablar, cuándo reír, a quién desear.
Y lo hace tan bien que creemos que todo eso es elección propia.

Es fácil perderse, y no en el buen sentido.
Perderse uno mismo.
Dejar de pensar por cuenta propia.
Dejar de hacerse preguntas.

Tal vez el único acto verdaderamente subversivo hoy sea desconectarse.
Apagar el móvil. No estar localizable.
No participar.
Ser un punto ciego en el mapa.

No por superioridad, ni por arrogancia.
Sino por necesidad.
Por salud mental.
Por dignidad.

Y aún así, aquí seguimos.
En este ruido, en este ritmo, en este teatro.
Porque a pesar de todo, hay algo humano que se resiste a morir del todo.
Algo que late por debajo del cemento.
Una especie de esperanza tozuda.

No se trata de huir.
No hay ya ningún bosque al que escapar.
Pero tal vez podamos aprender a estar en la ciudad sin entregarnos del todo.
Sin ser tragados por completo.

Quizás eso sea lo más parecido a una forma de libertad.

4 Me gusta

No diría que la ciudad en sí, como concepto, te hace ser consumista e impulsivo, eso es algo que la cultura hace, y la cultura forma las ciudades también.

Las ciudades son un entorno artificial, una naturaleza abstracta, no jugamos con la regla de conseguir alimento como lo hacen los demás seres vivos, jugamos con construcciones sociales.

En definitiva… “Somos el universo observandose a sí mismo”, depuramos el entorno en el que estamos, por ello las ciudades son naturales que aparezcan, ya que los humanos tienden a crear su entorno, una construcción social, un organismo si lo vemos en gran escala.

Eso de lo que hablas me hizo acordar al Poema del End de Julian Gough, ya que habla también de que el jugador parece estar atrapado en una construcción social (en este caso un juego).

1 me gusta

mmm… me parece que la estamos “flasheando” un poco igual…

1 me gusta

pense que era el unico que pensaba eso xd